lunes, 4 de febrero de 2013

Llovían mis ojos sobre tu pecho.
Echaban raíces mis manos en las tuyas.
Mi piel se erizaba como para tocar el cielo.
Se fundían mis labios en tu rostro.
Tu respiración viento de Poniente.
La mía, de Levante.
Tiritaba mi alma mientras mecíase en tus brazos.
Tus ojos desviaban la mirada.
Los míos, ciegos de quebranto.
Caricias en tu pelo, la mar revuelta...

Y, a todo esto, amargura, congoja, aflicción... 
Tu sentencia: "Adiós."

No hay comentarios:

Publicar un comentario