Estaba
oscuro cuando llegué. Recuerdo ese día como el día de ayer. Me fui
directamente a mi habitación, no tenía ganas de hablar con nadie
acerca de lo que había sucedido.
Fue
un día duro. Probablemente el día más difícil de toda mi vida.
El
funeral había sido aquella misma tarde. Pero no fui. No pude.
Toda
aquella gente, allí, delante del ataúd. Hablando sobre lo buena
persona que era. Qué falsos. Ninguno de ellos le conocía
verdaderamente. Ninguno sabía qué le gustaba; qué le hacía
sonreír. Ninguno le había visto llorar y le había abrazado cuando
lo necesitó. Solo yo. Y, sin embargo, allí estaban todos.
Despidiéndose. Pero yo no quería despedirme, no podía.
Me
fui quién sabe adónde. Estuve toda la tarde caminando, no me paré.
Sólo quería estar sola, donde nadie me viera. Donde nadie me
viera llorar.
Todos
me decían: “Venga, tienes que ser fuerte. Recuérdale feliz, cómo
era él. Tienes que seguir adelante, encontrarás nuevos amigos. Todo
irá bien.”
¿Nuevos
amigos? Él era más que mi amigo, era una parte de mí.
Ellos
creían que lo sabían todo, pero no sabían nada. Ni siquiera él lo
sabía.
Tendría
que habérselo dicho. Ahora él ya no estaba y quizá, si se lo
hubiera dicho, las cosas hubieran sido distintas. Quizá él ahora
estaría aquí, hablándome de cómo le había ido el día. No obstante, era
difícil, no podía. No sabía cómo hacerlo. No quería estropear
nuestra amistad porque era lo más bonito que jamás había conocido.
Lo más puro y valioso del mundo. Sin embargo, debería habérselo contado.
Debería
haberle dicho que el viento existía para jugar con su pelo negro, y
para nada más. Debería haberle dicho que en sus ojos estaba el
cielo y, el fuego, en su boca. Que su voz era mi canción preferida y
su risa hacía cantar a los ruiseñores.
Que
no podía sacarle de mi cabeza, pero que tampoco quería. Que cuando
le veía empezaba a temblar y la emoción me inundaba entera. Y no
podía hacer otra cosa que sonreírle.
Que
quería cuidar de él y protegerle. Dormir en sus brazos y mirarle a
la cara. Y aguantarle la mirada. Que él era mi sol y yo su luna.
Que, cuando estaba con él, nada más importaba y, el tiempo, dejaba
de existir. Debería haberle dicho que era la persona más importante
de mi vida y que su felicidad era la mía. Que sus abrazos eran lo
único que me protegía del frío. Ese que ahora me calaba hasta los huesos.
Que
por él hubiera hecho cualquier cosa y yo hubiera sido lo que él
hubiera querido que fuera. Que su sola existencia era capaz de
hacerme fenecer y después revivirme. Ahora ya era tarde, él ya no
iba a escucharme. Ahora tenía que enfrentarme sola al mundo. Y no me
sentía capaz. Sigo sin sentirme capaz, después de tanto tiempo.
Hoy,
me he sentado a ver la lluvia caer tras el cristal, y he vuelto a
recordar ese día. Ese día que nunca he olvidado, que me ha
acompañado cual perro fiel.
Querido
amigo, nos veremos pronto en esa vida que prometen después de la
muerte. Allí te diré todo lo que no te dije. Si es que encuentro la
fuerza para hacerlo...