jueves, 17 de enero de 2013


Estaba oscuro cuando llegué. Recuerdo ese día como el día de ayer. Me fui directamente a mi habitación, no tenía ganas de hablar con nadie acerca de lo que había sucedido.
Fue un día duro. Probablemente el día más difícil de toda mi vida.
El funeral había sido aquella misma tarde. Pero no fui. No pude.
Toda aquella gente, allí, delante del ataúd. Hablando sobre lo buena persona que era. Qué falsos. Ninguno de ellos le conocía verdaderamente. Ninguno sabía qué le gustaba; qué le hacía sonreír. Ninguno le había visto llorar y le había abrazado cuando lo necesitó. Solo yo. Y, sin embargo, allí estaban todos. Despidiéndose. Pero yo no quería despedirme, no podía.
Me fui quién sabe adónde. Estuve toda la tarde caminando, no me paré. Sólo quería estar sola, donde nadie me viera. Donde nadie me viera llorar.
Todos me decían: “Venga, tienes que ser fuerte. Recuérdale feliz, cómo era él. Tienes que seguir adelante, encontrarás nuevos amigos. Todo irá bien.”

¿Nuevos amigos? Él era más que mi amigo, era una parte de mí.
Ellos creían que lo sabían todo, pero no sabían nada. Ni siquiera él lo sabía.
Tendría que habérselo dicho. Ahora él ya no estaba y quizá, si se lo hubiera dicho, las cosas hubieran sido distintas. Quizá él ahora estaría aquí, hablándome de cómo le había ido el día. No obstante, era difícil, no podía. No sabía cómo hacerlo. No quería estropear nuestra amistad porque era lo más bonito que jamás había conocido. Lo más puro y valioso del mundo. Sin embargo, debería habérselo contado.
Debería haberle dicho que el viento existía para jugar con su pelo negro, y para nada más. Debería haberle dicho que en sus ojos estaba el cielo y, el fuego, en su boca. Que su voz era mi canción preferida y su risa hacía cantar a los ruiseñores.
Que no podía sacarle de mi cabeza, pero que tampoco quería. Que cuando le veía empezaba a temblar y la emoción me inundaba entera. Y no podía hacer otra cosa que sonreírle.
Que quería cuidar de él y protegerle. Dormir en sus brazos y mirarle a la cara. Y aguantarle la mirada. Que él era mi sol y yo su luna. Que, cuando estaba con él, nada más importaba y, el tiempo, dejaba de existir. Debería haberle dicho que era la persona más importante de mi vida y que su felicidad era la mía. Que sus abrazos eran lo único que me protegía del frío. Ese que ahora me calaba hasta los huesos.
Que por él hubiera hecho cualquier cosa y yo hubiera sido lo que él hubiera querido que fuera. Que su sola existencia era capaz de hacerme fenecer y después revivirme. Ahora ya era tarde, él ya no iba a escucharme. Ahora tenía que enfrentarme sola al mundo. Y no me sentía capaz. Sigo sin sentirme capaz, después de tanto tiempo.

Hoy, me he sentado a ver la lluvia caer tras el cristal, y he vuelto a recordar ese día. Ese día que nunca he olvidado, que me ha acompañado cual perro fiel.
Querido amigo, nos veremos pronto en esa vida que prometen después de la muerte. Allí te diré todo lo que no te dije. Si es que encuentro la fuerza para hacerlo...

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